[relato de Anna Poltorak]
Aquel día el tiempo estaba triste. Llovía y el viento levantaba torbellinos de polvo. Las paredes de los edificios parecían esconder vidas tristes. Las personas corrían para huir de la lluvia. Sólo los niños que jugaban en el parque no tenían prisa. Se movían de un lado para otro como si la lluvia y la tristeza que atravesaban el aire no pudieran irrumpir en su mundo. Estaba atardeciendo. Empezó a llover más fuerte y me refugié en una cafetería que quedaba justo enfrente del parque. Su interior era muy agradable, cómodo y limpio. Colgué mi chaqueta para que se secara y pedí un té con limón. El camarero trajo el té, que me pareció delicioso en ese día tan frío. En la ventana que tenía frente a mi se veía el parque, pero ya no había niños jugando. Me fijé en un hombre que paseaba. Por su vacilante manera de andar se diría que parecía confundido, como si temiera algo o no encontrara consuelo en la tierra. Observaba el mundo con una mirada muerta. Parecía angustiado en una soledad oscura, llena de miedos y tristeza. Se paraba un instante y luego reanudaba el paso y otra vez se paraba, como si no supiera qué camino tomar ni adónde ir, hasta que llegó a una farola, derecha y limpia. El hombre empezó a empujarla, como si quisiera torcerla o mancharla. Lo hizo hasta que se le agotaron las fuerzas. Entonces se sentó en el banco que había al lado, bajó la cabeza. Y empezó a anochecer. Se me acercó el camarero y me dijo que iban a cerrar. Cuando salí a la calle, la humedad, el viento y el frío se apoderaron de mi cuerpo. En la calle no había nadie. Sólo dos policías que salían del parque llevándose a un hombre.
servido por escrita
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